Un acto de honestidad intelectual pendiente

Cuando la OCDE publica sus datos comparados, los economistas de todos los colores políticos buscan en sus cifras el argumento técnico para validar su postura. Es un juego conocido: se selecciona lo que refuerza la tesis propia y se ignora lo que la contradice. En el debate sobre la reforma tributaria en Chile, hemos vuelto a ver este fenómeno con una nitidez casi pedagógica. Se habla de crecimiento, de inversión, de competitividad, pero se omite, por ejemplo, que los países de la OCDE han aumentado el impuesto personal en el período que se cita como referencia. Las cifras ayudan, sí, pero a condición de que uno decida cuáles mostrar.

No pretendo aquí resolver el debate tributario. Me interesa algo anterior y, a mi juicio, más urgente: la pretensión de neutralidad ideológica con que los economistas suelen presentarse al debate público.

Existe una convención tácita en el discurso tecnocrático: los números son objetivos, los modelos son neutros, los economistas simplemente “leen la realidad”. Todo lo demás, la política, la ética, la Historia, sería ruido ideológico que contamina el análisis.

La Historia, disciplina que no siempre recibe la consideración que merece en estos debates, nos ha enseñado que la economía nunca ha sido una ciencia aséptica en términos ideológicos. Desde los fisiócratas del siglo XVIII hasta el neoliberalismo de finales del XX, cada escuela económica ha surgido en un contexto histórico determinado, respondiendo a intereses concretos, con supuestos filosóficos y éticos que no se declaran, pero que operan con toda su fuerza. La economía, como todas las ciencias humanas, y aquí la distinción importa: no humanistas, sino humana, está atravesada por cosmovisiones, por valores, por opciones políticas que anteceden al modelo.

Cuando un economista presenta sus argumentos como si fueran el resultado de una lectura técnica de la realidad, está ocultando algo fundamental: que sus conclusiones dependen, en primer lugar, de los valores desde los cuales interpreta los datos.

No me molesta que existan economistas con distintas visiones del mundo. Me parece no solo inevitable, sino necesario. La pluralidad de perspectivas es condición de un debate público robusto.

Lo que sí me parece problemático es cuando ese desacuerdo de fondo, que es ideológico, filosófico, político, se disfraza de controversia técnica. Cuando dos economistas discuten sobre tasas marginales como si fuera un problema de cálculo, están esquivando la pregunta real: ¿Qué modelo de sociedad queremos? ¿Quiénes deben cargar con el costo del bienestar colectivo?

Esas preguntas no tienen respuesta en los modelos econométricos. Las responde la política, la filosofía moral, la Historia de las ideas. Y esquivarlas no es neutralidad: es una forma de hacer política sin admitirlo.

Me permito soñar con un debate diferente. Uno en que cada economista, antes de presentar su análisis, declare desde qué vereda mira la economía.

Sería un gesto de honestidad intelectual. Permitiría que el ciudadano común, ese que no tiene doctorado en economía pero que vive las consecuencias de las políticas tributarias, entienda que no está frente a una verdad técnica, sino frente a una propuesta política disfrazada de ciencia aséptica.

Y quizás, con esa transparencia, el debate dejaría de ser una competencia por el dato más convincente y se convertiría en lo que realmente es: una disputa sobre el tipo de país que queremos construir.

Eso, al menos, sería un punto de partida honesto. Y en días en que la verdad y la mentira se disputan el espacio hegemónico del discurso, sería un tremendo avance.

Maximiliano Molina Guenante
Maximiliano Molina Guenante

Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales, con estudios avanzados en Educación, Sustentabilidad y Gestión Cultural.